Aviso.

Que no vale, que no es justo.
Que no me parece bien que yo me quede aquí sintiendo algo
que no termina de caber en el pecho,
algo que tú creaste, alimentaste y abandonaste.

Espero que,
al menos,
tengas la decencia de estar aquí
cuando todo esto me explote.

2014, seguimos en racha.

Cosas que se terminan después de años sin empezar, ilusiones tiradas por los suelos, noches aprendiendo las formas del gotelé de la pared mientras te llenas las cabeza de “y si…”en lugar de estar trazando constelaciones con las pecas de tu espalda, intentos fallidos, dinero tirado, cabreos monumentales porque las cosas son lo que parecen, viajes en vano, los viajes que no hemos hecho juntos y los que nos han llevado a ninguna parte.

La cobardía en general. Las ganas en particular.

Estacional.

Me di cuenta de que no sólo había puesto a tu nombre todos mis veranos sino que también, sin querer, y a la vez queriéndolo mucho, firmé el contrato para que también ocuparas las otras tres estaciones.

Y me di cuenta de todo esto cuando llegó el invierno, el frío, y tu calor ya no estaba ahí cuando el pecho se me llenaba de escarcha.

Al fin del mundo.

Subí a tu coche y, mirándome a los ojos, me dijiste que me ibas a llevar al fin del mundo. Y yo no me quejé. Subiste el volumen de aquel aparato que hacía que la música nos acompañase en ese trasto al que tú te empeñas en que llamemos coche.

Tú música hablaba de indecisos, de gente que sabe lo que quiere, que vive en un “necesito un tiempo” eterno, de finales que no llegan y de noches que terminan resbalándose entre los dedos como si fuese agua. Tú eres esa música. La pusiste ahí para que hablase por ti, que siempre ha sido más parco en palabras que en sentimientos.

-Para el coche –Te dije- Páralo aquí mismo. Yo me bajo aquí. No necesito que me lleves al fin del mundo si ni siquiera sabes si mañana te apetecerá acompañarme a la puerta de mi casa.

Y me bajé.

Por suerte, el viaje fue corto. Y tú, como no podía ser de otro modo, en lugar de llevarme al fin del mundo, estabas dando vueltas en círculo por la misma zona. Para mi desgracia, me está costando mucho más dejar de hablarte que lo que tardé encontrar mi casa aquel martes.

 

(Y esta era la puta canción que estaba sonando. Tu puta música me sigue sin gustar)

No soy lo que era

Yo era una chica fuerte. Todos los días me levantaba con ganas de comerme el mundo, y me acostaba llena de planes para el día siguiente. No había nada que me hiciese temblar. Yo era una persona tranquila de esas que siempre piensan que se seguro que todo se podría solucionar. Me hice a mí misma, nunca necesité a nadie a mi alrededor. El silencio era lo que buscaba a cada segundo, apaciguar mi mente que iba a 100km/s. Podía pasarme los fines de semana, recluida en casa, leyendo, devorando libros. Podía pasarme las tardes enteras durmiendo, soñando. Fui una persona decida, de las que eligen sin pensar. No le debía nada a nadie.

Ahora soy la persona más débil que conozco. Me levanto pensando en él y me acuesto pensando en él. Cada vez que le veo me tiemblan hasta los huesos. Ahora vivo nerviosa pensando en que en cualquier momento él pueda irse de mi lado. Me he dado cuenta de que le necesito cerca porque, a su lado, la vida duele menos. No puedo irme a dormir sin haber escuchado su risa, es lo que pone en marcha. Me muero por leerle, una y mil veces, como si fuese un libro en braille. Cada vez que cierro los ojos es para verle, para notarle cerca aun estando lejos. Nunca puedo decidirme entre sus ojos o su boca. Y se lo debo todo a él.

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La decepción se me presenta todas las noches a la misma hora. Viene hablándome de futuro y preguntándome qué estoy haciendo con mi vida mientras tú duermes como un bendito. Llega la desilusión pidiéndome salir por patas de este lugar que tan poco nos quiere y que tan mal nos trata.

Se me empiezan a olvidar los sueños cada vez que la realidad viene y me pega una patada justo en la boca del estómago. Por un segundo me quedo sin aire, por un momento me quedo tendida en el suelo, encogida mientras me llueve por dentro.

Luego vendrás preguntando, lastimoso, qué podrías haber hecho por mí. Podrías haber estado ahí. Podrías haber alimentado mis sueños en lugar de limitarte a cerrar los ojos.

Podrías haber evitado cometer el mismo error. Otra vez.